Así dice la escritura que es el que honra a su madre. Hoy es tu cumpleaños y quiero honrar con todo mi ser el "dulcísimo precepto del Decálogo", porque es una de las más gratas obligaciones que el Señor me ha dejado.
Recuerdo con inmenso cariño tu empeño esforzado para que fuera trabajador, austero, educado en el sentido pleno de la palabra... y, sobre todo, buen cristiano.
Siempre quisiste que arraigaran en mi los fundamentos de las virtudes humanas: la reciedumbre, la sobriedad en el uso de los bienes, la responsabilidad, la generosidad, la laboriosidad, que aprendiera a gastar sabiendo las necesidades que muchos padecen actualmente en el mundo...
El amor inmenso a vuestros cuatro hijos os movió a papá y a ti a buscar un lugar adecuado para la época de vacaciones y el descanso -con frecuencia sacrificando vuestros gustos e intereses-, evitando aquellos ambientes que harían imposible, o al menos muy difícil, la práctica de una verdadera vida cristiana.
Nunca olvidásteis que erais administradores de un inmenso tesoro de Dios y que, por ser cristianos, no constituíais una familia más -y así nos lo enseñásteis con oportunidad a vuestros hijos-, sino una familia en la que Cristo estaba presente.
Esta realidad viva os impulsó a ser ejemplares en toda ocasión (vida de familia, deberes profesionales, sobriedad, orden...).
"En el rostro de toda madre se puede captar un reflejo de la dulzura, de la intuición, de la generosidad de María."
Se que honrandote, honro también a la que, siendo Madre de Cristo, es igualmente Madre mía.
Te pongo bajo la protección de la Santísima Virgen y de los santos Ángeles Custodios.
¡Te quiero! Aunque en más de una ocasión no haya sido capaz de demostrártelo.