Quiero tener fija la mirada en Dios; mantenerme sereno ante las preocupaciones, olvidar las pequeñeces, los rencores y las envidias, no quiero perder las energías, que me hacen falta para trabajar con eficacia, en servicio de los hombres.
Quiero poseer mi alma con la paciencia porque, estoy convencido, aprendiendo a dominarme, comienzo a poseer aquello que soy. Esta paciencia será la que me impulse a ser comprensivo con los demás, persuadido de que las almas, como el buen vino, se mejoran con el tiempo.
Sereno porque siempre hay perdón, porque todo encuentra remedio, menos la muerte y, para los hijos de Dios, la muerte es vida.
Sereno, aunque sólo fuese para poder actuar con inteligencia: quien conserva la calma está en condiciones de pensar, de estudiar los pros y los contras, de examinar juiciosamente los resultados de las acciones previstas. Y después, sosegadamente, interviene con decisión.
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