viernes, 20 de febrero de 2015

Todo tiene remedio, basta ser sincero de verdad.

Señor, si quieres -y Tú quieres siempre-, puedes curarme. Tú conoces mi flaqueza.

Tú, que has curado a tantas almas, haz que, al tenerte en mi pecho o al contemplarte en el Sagrario, te reconozca como Médico divino.

Se que un jefe en el campo de batalla estima más al soldado que, después de haber huido, vuelve y ataca con ardor al enemigo, que al que nunca volvió la espalda, pero tampoco llevó nunca a cabo una acción valerosa...

También se que no sólo se santifica el que nunca cae sino el que siempre se levanta y que lo malo no es tener defectos -porque defectos tenemos todos-, sino pactar con ellos, no luchar.

Creo que todo tiene remedio. Tu estás siempre muy cerca de nosotros, pero especialmente en los momentos de la caida, por muy grande que haya sido la falta, aunque sean muchas las miserias. Basta ser sincero de verdad.

Tu esperas de nosotros más oración y mortificación, más comprensión y cariño.

Soy consciente de mis heridas y de mis llagas y experimento la urgencia de ser curado; quiero dejar mi antigua vida y no seguir a otro más que a ti, Señor, que curas siempre mis heridas.

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