jueves, 29 de enero de 2015

Dios, los demás y yo (corazón y voluntad)

La caridad se dirige siempre a Dios, como amor filial. Pero incluye también el amor a quienes Dios ama, es decir, a los demás y a nosotros mismos por amor a Dios.

Éste es el orden de la Caridad: el amor a Dios, el amor a los demás y el amor a uno mismo por amor a Dios.

La santidad no consiste en hacer cosas cada día más difíciles, sino en hacerlas cada día con más amor (san Josemaría).

Para "hacer las cosas con amor" son necesarias también las demás virtudes que perfeccionan las facultades de la persona.

La caridad lleva a desarrollar las virtudes humanas, porque son especialmente necesarias para santificar las actividades temporales. Si no hay empeño en desarrollar esas virtudes, es difícil que el amor sea auténtico.

La caridad es como una inclinación interior y sobrenatural de la voluntad a amar a Dios y no se queda en sentimientos.

La caridad de Cristo no es sólo un buen sentimiento en relación al prójimo; no se para en el gusto por la filantropía. La caridad, infundida por Dios en el alma, transforma desde dentro la inteligencia y la voluntad.

Expresa una determinación firme de la voluntad.

Todo esto no significa que la caridad prescinda de los sentimientos. De ahí que se habla del "corazón" como sede de la caridad.

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