Hay que meterse el carácter en el bolsillo y sonreír y hacer agradable la vida a los que tenemos junto a nosotros.
No supone algo extraño —somos seres humanos, no espíritus puros— que, en algún momento, se escape una reacción desabrida o de mal genio, fruto de la soberbia personal, capaz de enturbiar la convivencia entre las personas. Pero contamos con el remedio al alcance de la mano: saber pedir perdón, mostrar de un modo u otro que nos duele haber causado un disgusto a alguien.
Si alguna vez pienso que me han ofendido, rechazaré terminantemente del corazón cualquier resentimiento: evitaré incubar gérmenes nocivos que podrían agriar las relaciones con los demás.
¡Quiero hacerme alfombra en donde los demás pisen blando!
«¡Mirad cómo se aman»!, comentaban los paganos al ver el cariño con que se trataban entre sí los primeros cristianos. También ahora ha de notarse que nos queremos y que amamos a todas las personas con las que coincidimos.
Deseo fomentar muchísimos deseos de servir, de gastarme gustosamente por los demás.
Para ello voy a luchar por cuidar más los detalles de la convivencia amable y positiva con las demás personas, en todos los ambientes, comenzando por mi propia casa.
Para ello buscaré y trataré en todo momento a María y a José.
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