Todo el mundo te busca, ayúdanos, Señor, a facilitar el encuentro contigo de nuestros parientes, de nuestros amigos, de los colegas y de toda alma que se cruce en nuestro camino.
Señor ¿pero puede un ciego guiar a otro ciego?; siento el peso de la responsabilidad: como marido, como padre, como hijo, como hermano, como padrino, como amigo, como director....
Me siento un siervo indigno, y además no paro de decir a mis hijas y alumnos que la Princesa además de serlo tiene que parecerlo.
Se que el apostolado es fruto del amor a Ti, pero no se como empezar.
Señor que comprenda que Tu eres la Luz con la que iluminamos, la Verdad que debemos enseñar, la Vida que comunicamos.
Se que esto sólo será posible si soy un hombre muy unido a Ti por la oración.
Me conmueve contemplar cómo, entre tanta actividad apostólica, Te levantabas muy de madrugada, cuando aún era oscuro, para dialogar con Tu Padre Dios y confiarle la nueva jornada que iba a comienzar, llena también de atención a todas las almas.
Que aprenda en la oración, en el trato contigo, a comprender, a mantener la alegría, a atender y apreciar a todas las personas que me has confiado.
Tú, Señor, eres todo lo que necesito; enséñame a darte a conocer con el ejemplo de una vida alegre, a través del trabajo bien realizado, con una palabra que mueva los corazones.
Que luche contra el desaliento de pensar que no mejoro en la oración, pues se que el trato contigo es el soporte de nuestra vida y la condición de todo apostolado.
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